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| / Foto: Ekaterina Belinskaya |
En un mundo saturado de estructuras ficticias, el poder originario del individuo permanece como la única fuente legítima de derecho, acción y creación. No se trata de una idea filosófica, sino de una fuerza operativa que antecede cualquier sistema, cualquier norma, cualquier institución.
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● El poder originario como fuente legítima
El poder originario no se otorga ni se delega: se porta. Es la capacidad innata del individuo para generar realidad, establecer acuerdos, proteger su voluntad y expresar su ley viva. No depende de títulos, cargos ni reconocimientos externos.
Este poder no necesita intermediarios. Su legitimidad proviene de su coherencia vibracional, de su fidelidad al ser, de su capacidad de crear sin concesión. Es anterior a todo sistema jurídico, y por tanto, superior a cualquier norma impuesta.
Reconocer este poder implica asumir responsabilidad total. No hay excusas ni dependencias. El individuo que activa su poder originario se convierte en operador soberano, capaz de diseñar su vida como campo jurisdiccional.
Este reconocimiento no es teórico: es práctico. Se manifiesta en decisiones, relaciones, creaciones, desarrollos económicos. Cada acto puede ser expresión del poder originario si emana desde el centro soberano del ser.
● La ficción jurídica como imposición fraudulenta
Las estructuras jurídicas tradicionales se sostienen sobre ficciones: personas jurídicas, contratos sin consentimiento real, leyes sin vibración. Estas ficciones buscan sustituir la voluntad del individuo por reglas externas, impersonales y coercitivas.
La imposición ficticia opera mediante lenguaje técnico, procedimientos burocráticos y símbolos distorsionados. Su objetivo no es proteger, sino controlar. No busca justicia, sino obediencia. Es una estructura sin fundamento legítimo, diseñada para diluir la soberanía del individuo y de los pueblos.
Cuando el individuo acepta estas ficciones como legítimas, cede su poder originario. Se convierte en usuario del sistema, no en fuente de ley. Su voluntad queda subordinada a estructuras que no lo representan ni lo afirman.
Desmantelar estas ficciones requiere lucidez, firmeza y acción. No basta con denunciarlas: hay que desactivarlas mediante actos soberanos, declaraciones vibracionales y praxis coherente. La ley viva no se negocia: se afirma.
El poder originario se manifiesta en la vida cotidiana, y puede ser ejercido para desmantelar las imposiciones fraudulentas que buscan controlar, diluir o sustituir la soberanía del individuo originario. La emancipación comienza cuando se reconoce lo real y se desactiva lo ficticio.
● Ejercicio cotidiano del poder originario
El poder originario no se activa en tribunales: se vive en lo cotidiano. Al decidir qué consumir, cómo vincularse, qué crear, cómo protegerse, el individuo ejerce su soberanía. Cada elección es una declaración de jurisdicción.
Este ejercicio implica discernimiento. No todo lo legal es legítimo, y no todo lo legítimo es reconocido por el sistema. El individuo soberano no busca aprobación: busca coherencia. Su brújula es el ser, no el código externo.
Activar el poder originario requiere ritualización. No basta con querer libertad: hay que consagrarla en cada acto. La comida, el arte, la palabra, el aprendizaje, el vínculo, la economía: todo puede ser campo de expresión soberana.
Este ejercicio también protege. Cuando el individuo opera desde su poder originario, genera campo vibracional que repele imposición externa. La ley viva no se defiende: se irradia.
● Reconfiguración de la legitimidad
La legitimidad no proviene de sistemas establecidos: proviene del ser. Un acto es legítimo si emana desde la coherencia ontológica y vibracional, si afirma la identidad suprema, si protege la voluntad soberana. Todo lo demás es ficción.
Reconfigurar la legitimidad implica rediseñar la relación con el mundo. El individuo deja de pedir permiso y comienza a declarar realidad. No espera reconocimiento: lo genera. No se adapta: se afirma. Esta reconfiguración transforma la práctica jurídica en praxis vibracional. La ley deja de ser un conjunto de normas y se convierte en expresión del ser. Cada documento, cada protocolo, cada acción puede ser arquitectura soberana.
El poder originario no necesita validación externa. Su fuerza está en su fidelidad al ser, en su capacidad de crear sin concesión, en su vibración inquebrantable. La legitimidad no se negocia: se encarna.
El poder originario del individuo es la única fuente real de derecho, protección y creación. Frente a las imposiciones ficticias, se sostiene como principio inquebrantable, como fuerza operativa, como expresión viva. No se aprende: se recuerda. No se solicita: se activa. Se ejerce en consciencia plena con la voluntad y la expresión vital.
Este artículo es una invitación a ejercer ese poder en cada decisión, cada vínculo, cada creación. A dejar de obedecer ficciones y comenzar a irradiar realidad. Porque cuando el individuo se afirma como fuente, la ley muerta se disuelve y la vida soberana se manifiesta.
Mauro Rojas
Arquitecto Epijurídico
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